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La cultura yoruba es considerada una de las más ricas que integran la diversidad cultural caribeña. Su religión llegó al Nuevo Mundo en la memoria de los esclavos africanos, que […]

La cultura yoruba es considerada una de las más ricas que integran la diversidad cultural caribeña. Su religión llegó al Nuevo Mundo en la memoria de los esclavos africanos, que la transmitieron de forma oral a sus descendientes. Hoy, su riqueza filosófica forma parte del patrimonio espiritual de los pueblos del Caribe, aún cuando sufrió transformaciones a partir del enfrentamiento con otras formas religiosas africanas y europeas. El conjunto de todas produciría el sincretismo que establecería nuevas valoraciones cosmogónicas y la equiparación de divinidades yorubas con santos católicos.

Si en el negro africano había una simple yuxtaposición de las ideas tomadas de las enseñanzas de la religión católica con las ideas y creencias fetichistas traídas desde África; en el criollo hay una tendencia irremediable a fundir las creencias, a identificar esas enseñanzas en función de lo que le exige su contexto. Los yoruba conciben el universo como una esfera dividida en dos planos.

En el superior está Orun –el cielo–, mundo donde habita el Ser Supremo, los dioses y las almas de los ancestros que alcanzan allí la condición de fuerzas naturales. En el plano inferior de la esfera, está Aiyé –el mundo físico–, donde viven los hombres durante un tiempo determinado, para cumplir la misión que les ha sido encomendada y después regresar a Orun.

El sistema religioso de los yorubas, la Regla Osha, es un conjunto de creencias y ritos basados en la adoración a los orishas del panteón de Nigeria. Esta práctica parte de un principio conceptual que se erige sobre los orishas y que define el paradigma de todo lo que actúa en el universo. Se puede hablar de una trilogía, cuyos integrantes cumplen sus funciones:

  • Olofi, dios supremo, tiene potestad sobre los demás, pero no recibe ningún culto de adoración como sucede con los orishas. Creó todo lo existente en el mundo, por eso se dice que tiene el secreto de la creación y repartió poderes a los orishas para que fueran sus mensajeros en la tierra.
  • Oloddumare es la representación de las leyes de la naturaleza; es la manifestación material y espiritual de todo lo existente. Es tan inmenso que no se le ofrenda ni se le pide nada directamente. El practicante se dirige a él, a través de Olofi.
  • Olorun es el sol, la manifestación más real de Olofi y de Oloddumare. Es signo de vida y de creación, sustento de la existencia humana.

La religión de los orishas está ligada a la noción de la familia. Se produce una hermandad religiosa integrada por los padrinos y sus ahijados, quienes no están unidos por lazos consanguíneos, como fue originalmente en África. El contexto caribeño exigió cambiar la familia natural por la ritual, pues el desarraigo que provocó la esclavitud disolvió el linaje. Así, cada familia religiosa tiene un origen étnico funcional que se ha ido propagando en un proceso de iniciaciones sucesivas, donde se conservan los principios cultuales de los predecesores.

La religión de los orishas está ligada a la noción de la familia

Por su parte, este culto tiene lugar en las casas-templos, es decir, en los hogares de sus dirigentes, donde se mantienen los elementos y las representaciones religiosas que son objeto de veneración. Para los practicantes de esta religión, lo esencial es el culto respetuoso a los orishas mediante la adoración, alimentación y cumplimiento del ritual de todas las fechas dentro de su liturgia. Cada casa templo, cada oficiante, cada santero los venera, los guarda y repite la transmisión como la recibió de sus mayores. Quizás por eso se evidencian, en ocasiones, diferencias, aunque la esencia del culto se ha mantenido a lo largo de los siglos.

Hay que tener en cuenta que el proceso de intercambio de individuo a individuo, provoca transformaciones que se unen al momento histórico y al ámbito social donde se realiza. Como en todas las manifestaciones religiosas, en la Regla Osha también existe una jerarquía: la máxima está representada a través del babalawo, quien posee los atributos otorgados por Orula, dios de la adivinación, para la práctica de los rituales adivinatorios mediante el uso del Tablero de Ifá y la cadena, opele o ekuele. Sólo los hombres pueden tener este alto rango.

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Este culto tiene lugar en las casas-templos

Otro lugar importante en este orden jerárquico es el del babalocha o iyalocha, es decir, el santero o santera, quienes se ocupan de liturgias específicas, entre las cuales está la de adivinación por el diloggún o por el obí. Sin embargo, son los oriaté los sabios y especialistas en la lectura e interpretación del Diloggún –16 caracoles–, que se encargan de averiguar el Itá o destino a que se verá sometido el creyente durante su existencia tras a la iniciación y actúan como maestros de ceremonia en las consagraciones.

Otra figura relevante es la oyubbona o yimbona, que acompaña y guía al neófito en todas sus acciones durante los siete días que dura la iniciación, o la ceremonia de «hacer santo.» Los oráculos africanos, ya mencionados, han influido en la vida de las comunidades religiosas caribeñas de procedencia yoruba. Su uso se ha hecho popular y ha marcado el comportamiento de los creyentes.

Las consultas son frecuentes y abarcan desde las respuestas a los problemas más simples, hasta las de los más complejos, como por ejemplo la ceremonia de fin de año por las casas de Ifá de más prestigio. En ellas, durante los últimos tres días del año, a través de rituales y ofrendas de mayor envergadura a los orishas, se marcan los fenómenos sociales, naturales y políticos que sucederán.

Estos tres sistemas: el complejo adivinatorio de Ifá, el Diloggún y el Obí, han contribuido a perpetuar las tradiciones culturales y la lengua de los ancestros africanos que forman parte de la raíz antillana. Varias ceremonias religiosas tienen lugar dentro del culto a los orishas. Entre ellas destacan las que se dedican a un santo en especial, con la finalidad de expresarle agradecimiento o alegría por un don recibido. Las ceremonias de iniciación duran una semana, cada día se realizan diferentes ritos que van preparando al neófito para la vida de practicante y donde se destaca la del día del tambor: la persona que ha recibido santo se ofrece al tambor sagrado batá y baila frente a él, en reconocimiento a su significado dentro de la liturgia.

De igual forma, se realizan en esta religión las ceremonias de itutú o mortuorias, así como bembés o wemileres, que son fiestas muy concurridas de diversión, y donde todos participan igualmente. Con estas celebraciones, los fieles fortalecen su relación con la deidad rectora de su vida y tratan de armonizar las fuerzas del bien y del mal, con el fin de satisfacer sus necesidades espirituales y materiales. La relación espíritu-fetiche-magia ocupa un lugar destacado en la religión de los yorubas por tener ésta un carácter propiciatorio y utilitario. Los otanes –piedras–, por ejemplo, son objetos que simbolizan el poder sobrenatural del orisha al que se le rinde culto. La atención a los espíritus, antepasados, a la naturaleza, al sol y a la luna, son aspectos que no pueden ser obviados en el desarrollo de las celebraciones, donde se emplea un lenguaje esotérico y la magia para establecer la comunicación entre las entidades y los creyentes.

Las consultas son frecuentes y abarcan desde las respuestas a los problemas más simples, hasta las de los más complejos

En África se reconocen alrededor de 405 divinidades, a las cuales se les rinde culto individualmente en diferentes regiones de este continente. En El Caribe se sintetizaron en un ritual, donde quedaron comprendidos los más funcionales para el nuevo entorno, o quizá se impusieron los que más adeptos tenían en el seno de una comunidad. El número varía en dependencia del contexto en que esta religión se manifieste, pero normalmente no deben sobrepasar de treinta: Elegguá, Obatalá, Yemayá, Oshún, Oggún, Shangó, Ochosi, Babalú Ayé, Oyá, Orula, son los más conocidos. Atravesaron los mares en la memoria de los esclavos para quedarse para siempre en tierras caribeñas. Estos dioses tienen carácter ambivalente, sentido de la justicia y la equidad del bien y del mal. En torno a cada uno de ellos existe una serie de leyendas o patakíes que han preservado las tradiciones culturales del mundo yoruba.

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